"Los padres esperan con ansias que sus hijos aprendan a caminar para que vayan al kiosko de la esquina a sacar fiados un vino y una soda. A veces pan".
Tchami
09 abril 2009
02 abril 2009
Silencio y perfil bajo
Durante mi infancia, los domingos por la mañana sabían ser otros. Todos ibamos a ver a nuestros viejos a jugar en el equipo de veteranos del barrio. A veces nos sorprendían, a veces nos preocupaban y a veces nos burlabamos.
Al nueve le decían "el cani" por su melena, parecida a la del "hijo del viento". Todos los campeonatos jugaba para un equipo diferente. No tomaba, ni fumaba. Iba junto a su señora y sus dos hijitas que se aislaban a un costado de la cancha y gritaban por el delantero. Era una pieza clave dentro del equipo.
Ganara o perdiera el club, nunca se quedaba a compartir con los demás. Bien finalizaba el partido, se retiraba con un simple "hasta luego".
Sin embargo, un mediodía cambió de opinión. Fueron diez minutos en los que habló un poco de su historia. Dijo unas palabras que me pegaron mucho durante toda mi niñez: "mi vida nunca será la misma. Por las noches tengo pesadillas, el recuerdo me lleva a Malvinas". Todo el equipo le recomendaba ayuda profesional, a lo que respondía: "tendría que ir al psicólogo pero no me alcanza la plata".
"Estoy loco, muchas veces siento que nos están tirando", comentaba con los ojos ojos brillosos mientras masticaba chicle. Por aquel entonces, la mayoría tenía más de 35 años y habían cumplido con el servicio militar obligatorio. Todos lo tildaron de "héroe". Pero su sed no se conformaba con eso, los ojos seguían tristes y perdidos. Ninguno encontró la palabra precisa para traerlo nuevamente a este mundo.
Hoy, lo vi conversar con el dueño de un taller mecánico que está a una cuadra y media de casa. Maneja una vieja Yamaha 125 color blanca. La guerra no le dejó ninguna marca física, pero la razón del silencio y el perfil bajo son heridas que nunca se terminaron de cicatrizar.
Al nueve le decían "el cani" por su melena, parecida a la del "hijo del viento". Todos los campeonatos jugaba para un equipo diferente. No tomaba, ni fumaba. Iba junto a su señora y sus dos hijitas que se aislaban a un costado de la cancha y gritaban por el delantero. Era una pieza clave dentro del equipo.
Ganara o perdiera el club, nunca se quedaba a compartir con los demás. Bien finalizaba el partido, se retiraba con un simple "hasta luego".
Sin embargo, un mediodía cambió de opinión. Fueron diez minutos en los que habló un poco de su historia. Dijo unas palabras que me pegaron mucho durante toda mi niñez: "mi vida nunca será la misma. Por las noches tengo pesadillas, el recuerdo me lleva a Malvinas". Todo el equipo le recomendaba ayuda profesional, a lo que respondía: "tendría que ir al psicólogo pero no me alcanza la plata".
"Estoy loco, muchas veces siento que nos están tirando", comentaba con los ojos ojos brillosos mientras masticaba chicle. Por aquel entonces, la mayoría tenía más de 35 años y habían cumplido con el servicio militar obligatorio. Todos lo tildaron de "héroe". Pero su sed no se conformaba con eso, los ojos seguían tristes y perdidos. Ninguno encontró la palabra precisa para traerlo nuevamente a este mundo.
Hoy, lo vi conversar con el dueño de un taller mecánico que está a una cuadra y media de casa. Maneja una vieja Yamaha 125 color blanca. La guerra no le dejó ninguna marca física, pero la razón del silencio y el perfil bajo son heridas que nunca se terminaron de cicatrizar.
20 marzo 2009
Cuando ya nada se puede hacer
Y allí estaba él, rodeado de pánico. Respirando de forma cada vez más acelerada, buscando alguna salida milagrosa, de esas que sólo aparecen en la ficción y en la realidad salen a jugar de vez en cuando.
La escena se hacía eterna. Atrapado sin poder moverse, con los ojos llenos de miedo y reteniendo la última imagen que quedaría en su perpetuidad.
La vida lo había llevado por distintos senderos. Había fastidiado con su luminosidad y había pasado desapercibido en las penumbras. Nunca imaginó que tal vez por un simple descuido su historia estaba en manos de un anónimo.
Del otro lado, todo pasaba más rápido. Se podía percatar la desesperación, sentir el calor de la agonía y admitir el final como la manera más tolerante de satisfacer el grito de auxilio de la víctima. Había llegado el momento, tenía que hacerlo. En un segundo,un diminuto movimiento puede cambiar el destino de una persona, de miles.
Bastó empujar la pelota sobre la línea para que todo termine.
La escena se hacía eterna. Atrapado sin poder moverse, con los ojos llenos de miedo y reteniendo la última imagen que quedaría en su perpetuidad.
La vida lo había llevado por distintos senderos. Había fastidiado con su luminosidad y había pasado desapercibido en las penumbras. Nunca imaginó que tal vez por un simple descuido su historia estaba en manos de un anónimo.
Del otro lado, todo pasaba más rápido. Se podía percatar la desesperación, sentir el calor de la agonía y admitir el final como la manera más tolerante de satisfacer el grito de auxilio de la víctima. Había llegado el momento, tenía que hacerlo. En un segundo,un diminuto movimiento puede cambiar el destino de una persona, de miles.
Bastó empujar la pelota sobre la línea para que todo termine.