
Subís, pagás $1.40, recibís un boleto y entrás. La gente está toda en silencio. Algunos escuchan música con sus celulares último modelo, otros solo miran por la ventanilla. Nada parece alterar el orden, un par de bocinazos que vienen desde afuera son el único ruido molesto.
Pasan dos cuadras y suben unos 20 tipos con camisetas de colores celeste y blanco, cantando y alborotados. Al chofer ni se le cruza por la cabeza cobrarles el pasaje, ellos, de a muchos, son muy violentos.
Insultan parejas que van por las calles, les tiran con naranjas a los supuestos hinchas del otro bando y provocan a los policías en las esquinas. Eso es su "aguante". Entre redoblantes, cánticos y saltos, el rodado continúa su marcha. El clima cambió de manera considerable.
Pasan 20 paradas y la patota empieza su retirada. Un grito se escucha desde el fondo del colectivo: "¡Pará, pará!". La curiosidad nos gana y todos miramos hacia atrás y nos encontramos con la impotencia de una joven a la cual le robaron la cartera. El último del grupito en bajar le dice: "No siempre se gana, amiga"
Todos observan el llanto de la víctima y no saben cómo actuar. El conductor luce despreocupado e indiferente ante el hecho. Entre lágrimas la muchacha dice: "Tenía el celular, los documentos y mi billetera". Agunos mueven la cabeza lamentando lo sucedido. La tensión dura dos minutos. Todos se dan vuelta y esperan llegar a su destino.
